YAGULAR

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Así, construir una revista o un libro es como armar una máquina en apariencia inmóvil, un artefacto que sólo al activar el mecanismo de lectura cobra el aspecto más prometedor: el de un juguete rabioso.
Alejandro Arteaga (via laoscuridadvisible)
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En el camino a San Juan Luvina (Macuiltianguis, Oaxaca), 2012.

Fotografía: Juan Pablo Ruiz Núñez
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En el camino a San Juan Luvina (Macuiltianguis, Oaxaca), 2012.

Fotografía: Juan Pablo Ruiz Núñez

  • 4 months ago
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Puedes leer Yagular 5 (septiembre-octubre 2012), en pdf, dando clic a la imagen de portada de abajo o la de la esquina superior derecha
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  • 7 months ago
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PORTADAYagular núm. 5, otoño 2012Edición dedicada a Luvina como tema del dossier. Sí, la de Rulfo, pero también San Juan Luvina, municipio de Macuiltianguis, en Oaxaca.Fotografía: Agustine Sacha
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PORTADA

Yagular núm. 5, otoño 2012

Edición dedicada a Luvina como tema del dossier. Sí, la de Rulfo, pero también San Juan Luvina, municipio de Macuiltianguis, en Oaxaca.


Fotografía: Agustine Sacha

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Yagular 5 / Presentación

 

El número cinco de Yagular parte de una anécdota. Meses atrás, encontramos San Juan Luvina en un mapa de Oaxaca. Decidimos conocerlo y comprobar si el pueblo era como lo describió Juan Rulfo en aquel relato homónimo de El llano en llamas, o si la realidad lo contradecía.

Fuimos la primer semana de agosto. Comprobamos que se trata de un lugar pedregoso. Y de un lugar que, en efecto, es recorrido por grandes ventarrones. Por lo menos en verano.

Luvina ha tenido tres asentamientos, todos ellos en la Sierra Norte de Oaxaca. Desde su origen, un espíritu no ha permitido “que se den los niños”. Mueren a los pocos años de haber nacido, o desaparecen misteriosamente. Pero desde su último éxodo, sucedido en la primera década del siglo XX, San Juan Luvina parece haber encontrado cierta tranquilidad en esas tierras. O quizá no, y la etimología reverbera, y el mito fundacional se repite en las migraciones que describe el profesor Nicolás Saldaña Casas:

 

Mas hoy tus hijos se han ido

A sacudir su miseria

Y a acrecentar la riqueza

De los Estados Unidos.

 

Más que la correspondencia entre la realidad y la ficción, sorprende el sitio en sí mismo, su mito fundacional asociado a un espíritu de la montaña, y sorprende, sin lugar a dudas, el significado de su nombre: Luvina: raíz de la miseria. Nombre que parece uno de esos pasojos de agua, “que no son sino terrones endurecidos como piedras filosas, que se clavan en los pies de uno al caminar, como si hasta a la tierra le hubieran crecido espinas.”

—

Abre esta edición un poema de Daniel Saldaña París/ Sigue un relato de Antonio Ramos Revillas, después un poema largo de Myriam Moscona/ Luvina, el dossier, inicia con una fotografía de Agustine Sacha / Viene un ensayo recuperado de Cristina Rivera Garza / Continúa un ensayo-crónica de Marina Azahua / Una crónica de Óscar Tanat / Después Graciela Romero y sus habituales palimpsestos / Concluye el dossier un texto brete de Juan Rulfo sobre la creación literaria / Publicamos una crítica de Yásnaya Aguilar Gil sobre un libro de Rivera Garza / Y, por último, un artículo elocuente de Arnoldo Kraus.

 

Todas las fotografías fueron tomadas en San Juan Luvina (Oaxaca) por Agustine Sacha.

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San Juan Luvina (Macuiltianguis, Oaxaca), 2012.

Fotografía: Agustine Sacha
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San Juan Luvina (Macuiltianguis, Oaxaca), 2012.

Fotografía: Agustine Sacha

  • 8 months ago
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Yagular 5 / Sugerencias para interpretar los silencios de Luvina

(con canciones de Bright Eyes)

.

.

Graciela Romero @diamandina

 

Suena un vals mientras le hablan de Luvina, tal vez no lo escuche, porque suena sólo en una cabeza cercana a usted, pero en Luvina nunca se está lo suficientemente cerca de alguien como para escuchar sus pensamientos. Agradezca la música de fondo, aunque no sirva de nada.

Solíamos pensar que el sonido era algo puro. (“False Advertising”)

Sepa que conocer sobre Luvina es llegar.

Ahora todo es imaginario, especialmente lo que amas. (“Lime Tree”)

Ya no se pregunte por qué está yendo, llegó o se quedó para siempre en Luvina. Si pudiera explicarlo no habría llegado hasta aquí en primer lugar.

No estoy seguro cuál fue el problema que empezó todo esto; las razones se fueron, pero el sentimiento nunca lo hizo. No es algo que recomiende, pero es una forma de vivir. (“Lua”)

 

Y se vive, incluso en Luvina. Ha pasado. Está pasando ahora. Se vive en este pueblo que no es de mujeres enlutadas, sino de mujeres que son el luto por todo lo que luto merezca, como usted; sino por qué estaría aquí, por qué más.


Serás libre de los grilletes del lenguaje y el tiempo cuando hayas muerto. Hasta entonces: vete, vete. (“Landlocked Blues”)


Tal vez usted se destruya, pero Luvina se crea con su presencia, por eso nadie se va, por eso todos, quieran o no irse, se quedan igual.

Encontré una cura líquida para mi tristeza acorralada por esta tierra. (“Landlocked Blues”)

Tome la cerveza tibia, comience a acostumbrarse y entienda que aunque no haya llegado todavía, ya no se irá. Espere despierto hasta el final de la historia. En algo podría ayudarle para aceptar que nunca encontrará nada, que el error fue buscar.

Yo sé lo que debe cambiar: que se joda mi rostro, que se joda mi nombre, son falsa publicidad para un alma que no tengo. (“False Advertising”)

No sienta pena. Sólo se llega a Luvina cuando no queda más adonde ir, tranquilícese sabiendo que ya de nada se pierde. Luche con sus fantasmas y amiste con los que lo rodean.

Estoy haciendo un trato con mis demonios, diciéndoles “déjame irme, por favor”. (“Landlocked Blues”)

Todos creen saber por qué vienen a Luvina, pero todo lo que saben se invalida cuando logran llegar. Todos llegan. Usted está aquí. Usted es aquí. En algún momento todos serán. Todos vendrán.

Si eres libre comienza a correr, porque estamos yendo por ti. (“Landlocked Blues”)

Puede intentar irse, nada se lo impide. Pero antes pregúntese para qué le servirá cualquier otro lugar ahora que conoce Luvina y usted es parte de esta tierra yerma o esta tierra yerma es parte de usted, lo que le asuste más.

Mi paciente prisionero, has esperado por este día y finalmente eres libre, eres libre y ahora te estás congelando. (“From a Balance Beam”)

Quédese. Ya nada lo necesita allá.

En realidad el bosque escucha cada sonido, cada hoja de pasto mientras cae. El mundo no necesita audiencia ni testigos. (“I Must Belong Somewhere”)

Quédese. Ya no queda nada para usted en otro lugar. Escuche. No hay nada que escuchar. No hay nada que crear. No hay nada que vivir, más que seguir viviéndolo. Ya sólo esto tiene sentido. Quédese.


 Encerraron al Diablo en el sótano y aventaron a Dios en el aire. Todo debe pertenecer a algún lugar. Sabes que es verdad, quisiera que me dejaras aquí. Ahora yo sé que es verdad, por eso me quedaré aquí. (“I Must Belong Somewhere”)

Escuche. Luvina ya no tiene nada que decirle y eso sólo significa una cosa: quédese. Y ahora que no le queda nada más, duerma tranquilo.

 

 —

Graciela Romero (Guadalajara, Jalisco, 1982). Estudió Letras Hispánicas. Ha publicado en algunas revistas impresas y virtuales. Actualmente hace lo que puede. Tuitéa en @diamandina

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Desde la tumba Luvina

Óscar Tanat

                                             El sistema onírico

 

                                        hurta de la lucidez

                                       la pequeña experiencia      del salto

                                       la    micro  sensación       de      la caída

                                       que                        reproduce      y expande   

         

                                                                         en el mecanismo     de volar

o de caer      

                                                                                                                

 

“Ya mirará usted ese viento que sopla sobre Luvina. Es pardo. Dicen que porque arrastra arena de volcán; pero lo cierto es que es un aire negro. Ya lo verá usted. Se planta en Luvina prendiéndose de las cosas como si las mordiera”. Jessica leía en voz alta mientras ascendíamos a las montañas de la Sierra Norte de Oaxaca. Cada renglón, cada párrafo de Juan Rulfo en Luvina, adquiría las dimensiones de un oráculo capaz de narrarnos. Mientras ella leía y aquel paisaje se convertía en la escenografía de nuestra vida, no podíamos más que mirarnos y reír de alegría, de incertidumbre, de sorpresa.

Habíamos decidido entablar una guerra contra la ficción y ahí estábamos, sabíamos que San Juan Luvina era un pueblo sumergido en las montañas de Oaxaca, y comprobaríamos la veracidad, o la mentira, de quienes dicen que no es la Luvina inspiración de Rulfo.

La camioneta arremetía contra la carretera serpentina en medios de los cerros, la sensación de caer al barrancabismo se filtraba en nuestros poros a cada volantazo. En el panorama, a lo lejos, podíamos ver una montaña, cuyas nubes postradas en su cima amenazaban con desparramarse, mientras Rulfo, dios mío, Rulfo en la voz de Jessica Santiago insistía en manipular lo que veíamos: “Nunca verá usted un cielo azul en Luvina. Allí todo el horizonte está desteñido; nublado siempre por una mancha caliginosa que no se borra nunca […] Usted verá eso: aquellos cerros apagados como si estuvieran muertos y a Luvina en el más alto, coronándolo con su blanco caserío como si fuera una corona de muerto…”.

Existen dos Luvinas, nos dijo la gente, una que es muy vieja pero donde ya no vive nadie, está habitada por los muertos, “las personas se fueron de ahí porque no crecían los niños, se los llevaba el Xenilalá, un espíritu de la montaña”, decían. Y llegar a Luvina para ver a los niños jugando a las canicas, y leer a Rulfo y sus niños gritones afuera de una tienda, sus niños llorando porque no los deja dormir el miedo. Y pararnos en Luvina para sentir un viento que venía del horizonte, incansable, penetrante en la piel y en la memoria. Y leer a Rulfo con su viento negro. Las dudas todavía nos carcomían, habíamos pasado de habitar nuestras propias vidas a vivir una ficción sostenida por las hojas.

Podrán creer que estoy loco, no me importa, lo fundamental es decir, explicar, narrar lo que allá nos ocurrió. Tuvimos que mantener la compostura que habíamos mostrado en el trayecto. Descubrimos que no existe, como en el cuento, una Cuesta de la Piedra Cruda, pero vaya, hay un cerro que ostenta una piedra gigantesca que parece que va a desgajarse apenas es rozada por los pasos de un paseante. “Y tiene inscripciones muy antiguas”, dicen los pobladores.

Fui a Luvina dos veces. La primera para sentir el ventarrón en la cara y leer: “Malo cuando deja de hacer aire. Cuando eso sucede, el sol se arrima mucho a Luvina y nos chupa la sangre…”. Y luego el viento cesó. La segunda para desmembrar el sentido de un cuento alojado en la tristeza, porque “Luvina es un lugar muy triste. Usted que va para allá se dará cuenta. Yo diría que es el lugar donde anida la tristeza. Donde no se conoce la sonrisa, como si a toda la gente le hubieran entablado la cara”. Y es preciso decir ahora, decirlo así sin temblor en las meninges, que Luvina, palabra zapoteca, significa raíces de la miseria, sí, raíces de la miseria, como si desde el nombre su gente estuviera condenada. Lo dijo un serrano cuándo en Macuiltianguis le preguntamos por el camino: “Y para qué van para allá, si allá no hay nada. Si van llévense qué comer porque de verás allá no hay nada”. Nos recordó a las cervezas, a la nada, al narrador hablando desde la tumba: “Pero tómese su cerveza. Veo que no le ha dado ni siquiera una probadita. Tómesela. O tal vez no le guste así tibia como está. Y es que aquí no hay de otra. Yo sé que así sabe mal; que agarra un sabor como a meados de burro. Aquí uno se acostumbra. A fe que allá ni siquiera esto se consigue. Cuando vaya a Luvina la extrañará”. ¿Descubríamos acaso que San Juan Luvina era la Luvina de Rulfo?

Todo eso era el escritor de El llano en llamas riéndose desde la tumba, como si hubiera profetizado el arribo de tantos lectores curiosos a este pueblo, como si siempre ese hubiera sido su propósito, como si su objetivo fuera hablar, en vida real, desde el reino de los muertos, como en Pedro Páramo. Y ahí estábamos nosotros  redescubriendo la fuerza de la literatura, sus alcances, sus caprichos, sus mecanismos oh-cultos.  Van a pensar que esto no es cierto, o quizá van a creerlo, no importa, no importa mientras Rulfo diga en el camino: “Y ahora usted va para allá… Está bien. Me parece recordar el principio…”.

Salimos de Luvina con el alma atiborrada de imágenes y textos: los migrantes, el pueblo conformado por viejos, las mujeres en grupo mirándonos, la pobreza atornillada a un “¿Qué país es este Agripina?”, un triste poema en la agencia municipal, y la  ayuda del gobierno retratada en adobes descompuestos.  Presenciamos la deconstrucción de la ficción hasta aterrizar en lo tangible de lo vorazmente real. Rulfo nos había mostrado el camino, había trazado una ruta ajena a todo mapa, para hacernos ver con otros ojos el mismo paisaje y alejarnos de la indiferencia, para hacernos creer otra vez en la literatura… Y en los fantasmas.


—
Óscar Tanat (Oaxaca, Oax., 1984). Escritor, músico underground, teatrista frustrado y videasta en ciernes. Editor de la versión en línea de El Jolgorio Cultural. www.oscartanat.blogspot.com

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San Juan Luvina (Macuiltianguis, Oaxaca), 2012.

Fotografía: Agustine Sacha
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San Juan Luvina (Macuiltianguis, Oaxaca), 2012.

Fotografía: Agustine Sacha

  • 8 months ago
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Luvina esa, en la voz esa, la voz del otro

Marina Azahua

 

Luvina se la cuentan a uno. Uno no va nunca a Luvina. Aunque sí vaya. Aunque regrese para contarla, se la cuentan a uno siempre desde allí, desde Luvina. No en ella. Me dijeron que irían, que encontrarían la forma de llegar, y volverían para decirme qué habían visto.

Querían saber si el cielo allí, como dijo Juan Rulfo, nunca es azul a pesar del viento. Querían corroborar la textura de su tierra, lo ceniciento de sus nubes, la reticencia de sus muertos. Trajeron de vuelta palabras, piedras e imágenes. Volvieron con historias de niños convertidos en aire. Yo hubiera querido que también regresaran cargados de sonidos. Con el viento aquel que, dicen los de allí, “dura lo que tiene que durar” guardado en una cajita de metal que retumbara. Me hubiera gustado que volvieran con él. Pero puede ser que sí lo hayan traído, sólo que se escapó de la caja, o no lo saben repetir, o yo no sé escuchar. El sonido del “ruido ese” tal vez se esconde entre todas las otras cosas que me dijeron de Luvina, y sólo tengo que encontrarlo.

 

*

 

Cuando digo que ellos fueron a Luvina, “ellos” puede que realmente sea sólo uno, el uno que me lo contó. El que, idéntico al narrador del cuento de Rulfo, pudo mirar Luvina y se la cuenta ahora a una escucha silenciosa—“el hombre aquel que hablaba”. El testigo. Me dijo “vamos a ir”, “retrasamos el viaje”, “ya regresamos”, “nos contaron”, y por eso siempre lo imaginé acompañado, no solo. Debe ser tristísimo llegar solo a un lugar como Luvina. Por eso prefiero decir que “fueron”, y no que “fue”. 

No sé si hubo un arriero que los llevara hasta la cima del cerro y después se arrepintiera. No creo. Me imagino que llegaron en coche. Me puedo imaginar cuál. A las 2:15 entraron a la tienda de Luvina. Pero no tengo forma de saber si eran las dos y cuarto de la tarde o de la madrugada. Ni siquiera tengo forma de saber si en ese pueblo así se lee la hora, pues allí los relojes no tienen números, sino pájaros. Imaginarios, sin duda, pues en Luvina no puede haber aves; el viento frenético del lugar, siempre “prendiéndose de las cosas como si las mordiera”, las debe ahuyentar a todas. Los únicos pájaros que se quedan quietos y que no se los lleva el viento pardo, son los dibujados en la carátula del reloj de la tienda —¿Qué hora es?—, se pregunta en Luvina. Son las canario para la golondrina.

  La tienda estaba obscura y podría haber sido de noche. Tal vez ahí siempre es de noche. Pero seguramente no lo era. No como en el cuento de Rulfo donde el contar se lleva a cabo entre comejenes y una lámpara de petróleo, con la noche avanzando afuera y los niños jugando en el cuadro de luz que se asoma de la tienda. Aquella tienda del cuento la reconocí en la verdadera muy pronto. En la tienda rulfiana se alcanzan a distinguir sólo cerveza y mezcal, pero yo sé que en la tienda que visitaron los que fueron a Luvina —a la de verdad, la que podría o no estar en un mapa, pero visitan los encuestadores del INEGI para decir que allí hay 529 personas viviendo— también hay mezcal y cerveza. Tengo certeza de que la señora de trenza blanca que atiende el mostrador tiene escondidas las botellas entre los anaqueles llenos de botes transparentes con chicles, tubos de galletas marías, enlatados, y plumas colgadas de un tendedero de mecate. En esta tienda, los que fueron encontraron a un nuevo “hombre aquel que hablaba”. Su nombre es Isaac Darío.

 

*

 

Fueron a buscar una explicación para la desolación de Luvina. Querían saber si el relator rulfiano tiene razón al decir que aquel “es el lugar donde anida la tristeza”. Volvieron con evidencia contundente de que, a pesar de todo, los de ahí sí saben sonreír. Pero también descubrieron la razón detrás de su mítica desolación. “El que habla” en la ficcion dice que ahí “el rocío se cuaja en el cielo antes de que llegue a caer sobre la tierra”. Y la metáfora no decepciona. Isaac Darío, en la Luvina verdadera, dijo que en ese pueblo un espíritu llamado Cheni Lála no ha permitido “que se den los niños”. Mueren pronto o desaparecen.

Hace dos meses se perdió una niña de catorce años en el pueblo, me dicen, les dijeron. La buscaron intensamente hasta que la encontraron. Todo ese tiempo ella había estado subida en un árbol. Dijo haber escuchado los gritos de la búsqueda, pero por más que lo intentaba, unos niños, que nunca había visto, no la dejaron bajar. Esta historia la intuyó Rulfo, sin saberla, cuando puso en boca del testigo que ahí “sólo viven los puros viejos… Los niños que han nacido allí se han ido”. Se han ido porque se los han llevado, para asegurarse de que jamás se fueran. Se van de una manera y se quedan de otra. Mientras se quedan los niños que juegan afuera de la tienda en el cuento, armando su barullo hasta que los corren. Se quedan siempre volviendo. Yo no creo que estos niños estén vivos. Yo creo que los niños que juegan en el cuento son los mismos niños que no dejaban bajar a la niña del árbol hace un mes.

En Luvina los niños y otras cosas se dan siempre a medias, como fruta que se queda trabada, a medio madurar, en el árbol mismo. Se cuajan en el cielo y no acaban de caer sobre la tierra. Es un sitio que se queda a la mitad. A la mitad de la vida, a la mitad de la muerte. Éste es el lugar donde las plantas tienen manos y brazos. No les queda de otra si pretenden sobrevivir. Deben agazaparzse, deben “untarse a la tierra”, “agarrarse con todas sus manos al despeñadero”; “rasguñan el aire”. Quizás tengan manos porque los niños se las prestan. Tal vez en ellas se instalan sus almas. Me parece que las únicas flores que hay en el pueblo son las que, aplanadas e impresas, decoran el mantel de plástico que cubre el mostrador del interior de la tienda. Pero, ¿por qué insistirán en aferrarse a esa tierra que no las quiere recibir? Porque su nombre engaña, “me sonaba a nombre de cielo aquel nombre”, dice el que habla. “Pero aquello es el purgatorio”. Así como la leí, y después como me la contaron, entendí la congruencia del insólito significado de su nombre en lengua zapoteca: Luvina significa “raíz de la miseria”.

 

*

 

Perseguida por Cheni Lála, Luvina se ha mudado ya tres veces. La realidad contradice a Rulfo, y aunque en su cuento se nieguen, los de ahí saben moverse cuando se cansan. Tres asentamientos entre los mismos cerros han llevado su nombre. Cierto es que sus muertos están dentro y sobre de esa tierra, y no pueden “dejarlos solos”. Por eso no se van lejos, sólo unos cerros más allá. Son los muertos, como en todo Rulfo, los responsables de que nadie se pueda ir realmente. El pueblo actual de San Juan Luvina —clavado en el municipio de San Pablo Macuiltianguis de la Sierra Norte de Oaxaca— es el último bastión. Antes de éste, fue la Luvina Vieja. De la primera Luvina no sé nada. Me han dicho que el último éxodo fue a principios del siglo XX.Y ahora, en la Luvina Vieja sólo hay campos de cultivo y casas abandonadas. Me dicen que por eso aquel comentario: en la Luvina Vieja no hay nada. Y aquella pregunta: ¿Para qué quieren ir ahí?

Había que confirmar si es cierto que “de los cerros altos del sur, el de Luvina es el más alto y el más pedregoso”. La evidencia indica que ahí el monte se quiebra como el cristal. Sí, aquella tierra está llena de “rajaduras y de esa cosa que allí llaman ‘pasojos de agua’, que no son sino terrones endurecidos como piedras filosas, que se clavan en los pies de uno al caminar, como si hasta a la tierra le hubieran crecido espinas. Como si así fuera”. En una tierra tan quebradiza tiene sentido que no pueda enraizar nada; ni plantas, ni niños, ni aves. En una tierra envenenada por la tristeza, la imposibilidad de la vida se hace patente.

Se llevaron muestras de las piedras en una mochila, pero ésas no las vi, aunque me contaron que sí, que Luvina “se desgaja por todos lados”. Es una tierra móvil, inestable. En el cerro de enfrente hay dos piedras viejas con inscripciones. Tal vez podrían salvar a Luvina. O ser su condena. El gobierno podría venir y rescatarlas. Los niños transparentes podrían convertirse en merolicos para turistas, pero como siempre han comprobado los habitantes de éste y otros pueblos, saben del Gobierno, pero no de la madre de éste.
 

*

 

Juan Rulfo le dijo a Joaquín Soler Serrano en 1977 que volvió a Apulco ya de adulto, a ese pueblo que “como es pueblo no aparece en los mapas”, el pueblo donde nació. Entonces la gente toda se había ido, y “las casas tenían candado… pero a alguien se le ocurrió sembrar de casuarinas las calles del pueblo” en un pueblo “donde sopla mucho el viento”—así como Luvina. Las casuarinas son por naturaleza el fantasma de algo, se les llama también pinos de los tontos, porque parecen pinos, pero no lo son. Se disfrazan de coníferas, pero en realidad son árboles semitropicales provenientes de Australia. Para tal caso, tienen más que ver con los eucaliptos que con los pinos. Árboles grandes con hojas de dedos flacos como pelos, dice Rulfo que con el soplar del viento producen un sonido gutural que se transporta lejos, las casuarinas “mugen, aúllan”.

Juan Rulfo le dijo a Reina Roffé en su Autobiografía Armada, que fue en ese regreso a Apulco cuando comprendió “esa soledad de Comala, del lugar ese”. El lugar ese. Como el ruido ese. Aquel espacio no especificado que queda siempre lejos de uno. Y sin embargo, en su enunciación uno se establece en él. Al hablar de él se marcan sus linderos, se define su ubicación en el mapa de la conciencia.

Juan Rulfo le dijo a la Luvina de su cuento que ahí pasara como en Apulco, eso del viento. Igual que la Luvina ficticia, la verdadera es un lugar con grandes ventarrones, me informan los que fueron. “Ya mirará usted ese viento que sopla… dicen los de allí que… ven de bulto la figura del viento recorriendo las calles… llevando a rastras una cobija”. El viento es sólido en Luvina, se puede tocar, como las hebras de los trapeadores que se cuelgan a secar sobre una reja. Las ventanas son de metal en lugar de vidrio, porque el viento ahí apuñala. Se queda pegado a las cosas, y “luego rasca como si tuviera uñas… uno lo oye… raspando las paredes”. No sé si en Luvina haya casuarinas, tendré que ir para corroborar si tal vez Rulfo vio allí a su propio pueblo. O si en su propio pueblo inventó a Luvina a partir del sonido de las casuarinas mugiendo en el viento. Sucede también, que a las casuarinas las apodan el árbol de la tristeza.

 

*

 

Regreso a la tienda donde la hora se mide a partir de los colores de pájaros ficticios y de nuevo reconozco la tienda rulfiana. En el cuento, el autor hace creer que esta tienda donde se narra la historia se encuentra fuera de Luvina, en otro sitio, otro pueblo. Un lugar abajo del cerro en un sitio alejado, desde donde resulta “fácil ver las cosas… meramente traídas por el recuerdo”. Pero esa tienda del cuento —ahora me queda claro—no está afuera sino dentro de Luvina. “El hombre aquel” que cuenta la historia nunca se fue de Luvina. Ahí sigue y seguirá, platicando desde lo alto de esa tierra encrespada. El narrador de Rulfo cree que se salió de aquel pueblo y no volvió nunca más, cree que le cuenta al que irá para allá pronto, pero en realidad, le cuenta al que acaba de llegar.

No se puede ir a Luvina a menos de que a uno se la enuncien. La Luvina verdadera resulta casi más insólita que la del cuento. O así me la contaron. Insólita. Igual que en el cuento. Yo no fui a Luvina, y resulta extraño esto de contar un sitio a través de la mirada de otros. Pero con lugares como éste no hay de otra, al final del camino la Luvina verdadera es la Luvina ficticia, que también es Apulco y después será Comala. A todas ellas he ido a través de las palabras de otro. Al lugar ese sólo se puede llegar por medio de la voz esa, la ajena. Busco así, alongar la mirada hasta poner la esfera de mis ojos en las cuencas de la cabeza de los que la fueron a mirar. Una vez que uno visita Luvina, ya no puede salir. Tras subir el cerro pedregoso de su historia, ya no puede bajar. Los niños no lo permiten. Se queda uno ahí, contando a Luvina para siempre.


—

Marina Azahua (México, D.F.,1983). Ensayista y narradora. Ha sido becaria del programa Jóvenes Creadores del FONCA. Mantiene una columna semanal, como Helena Okón, en Este País, Tuitéa en @helenaokon

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San Juan Luvina (Macuiltianguis, Oaxaca), 2012.

Fotografía: Agustine Sacha
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San Juan Luvina (Macuiltianguis, Oaxaca), 2012.

Fotografía: Agustine Sacha

  • 8 months ago
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Yagular 5 / Inventar un paisaje

Cristina Rivera Garza

 

Hay escritores que se sientan y hay escritores que caminan; Rulfo era de los segundos. Todos leen, de preferencia vorazmente, pero no todos leen el mundo con el cuerpo. Mejor dicho: con los pies. Más que una afición, caminar fue para Rulfo una pasión y, por contradictorio que parezca, una disciplina. Recorría la Ciudad de México a pie, ciertamente, degustando los cambios del clima y los rostros de la gente. Pronto también se inscribió en clubes de alpinismo que lo llevaron a explorar de cerca los volcanes del centro del país —el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl incluidos. De hecho, una de las fotografías más entrañables del escritor jalisciense lo retrata de espaldas al fotógrafo, pensativo, pipa en boca, en alguno de los picos del Nevado de Toluca. Las lagunas del sol y la luna literalmente a sus pies.

Sus empleos como agente de ventas y como burócrata del Instituto Nacional Indigenista sin duda contribuyeron también a afianzar su gusto por el viaje terrestre, el deslizamiento que lo pegaba más a la tierra. Que Rulfo llevaba los ojos bien abiertos en todas y cada una de sus andanzas queda muy claro al mirar, inclusive si es sólo de reojo, sus fotografías. Ahí están, íntimamente relacionadas a las minuciosas descripciones de sus libros, las imágenes que poco a poco, y de manera por demás consciente, dan cuenta del proceso de producción del paisaje rulfiano. Su manera de ver y su manera de leer convergen de maneras significativas, por ejemplo, en una de las imágenes que hizo del escritor Efrén Hernández —un explorador de las vanguardias tanto en términos de narrativa como de teatro, que utilizaba, como luego Rulfo, el recurso de la digresión, desatando hilos narrativos en textos donde la anécdota no constituía un eje central. Tal vez en ningún otro sitio como en el retrato que Rulfo le hizo a Hernández en el camino hacia el Iztaccíhuatl haya quedado plasmada con mayor claridad la relación silenciosa y emocionada que los unía a ambos. Ahí, rodeado de árboles que se antojan atemporales y coronado por la nieve sempiterna de la mujer dormida, ese volcán, aparece un hombre absolutamente solo. Delgado, con la cabeza inclinada hacia la tierra, Hernández no sólo no da la cara sino que también escatima hasta su sombra misma. Rulfo lo vio así un día.

Se sabe, por supuesto, que el paisaje no está ahí, inerte y definitivo. Se sabe que el paisaje es natural sólo a medias. Lo que sucede entre el horizonte y la mirada: eso es el paisaje. El escritor, por cierto, fue más bien claro y explícito respecto a la necesidad de “inventar”, es decir, de producir un paisaje propio. En el capítulo dos, intitulado “Hacia la novela”, del libro Los Cuadernos de Juan Rulfo, se lista una serie de elementos

—aparentemente relacionados— bajo el mote de “Hay demasiadas cosas intraducibles”: Hay demasiadas cosas intraducibles,/ pensadas en sueños/ intuidas/ a las cuales uno puede encontrarles su verdadero significado solamente con el sonido original… el color./ Inefable. El idioma de lo inefable/ La aventura de lo desconocido/ Inventar un paisaje/ o un nuevo paisaje de México.” De eso, entre otras cosas, se trata también la escritura y la fotografía de Juan Rulfo. Los dos elementos entremezclados.

Si, como asegura Eric Santner, “la fotografía es un medio privilegiado porque parece funcionar como un sitio de comercio con los muertos (o mejor dicho, con los no muertos)”, no es de extrañarse que el autor de Pedro Páramo mantuviera una relación estrecha y constante con la fotografía a lo largo de su vida. Y aquí vale la pena añadir que su trabajo con la fotografía antecedió al de la escritura y que, además, continuó una vez que éste terminó su obra literaria en 1955. Así, mirando con absoluta atención a su entorno y capturando desde rostros hasta edificios, desde plantas hasta vistas panorámicas, Rulfo se dedicó en realidad a documentar una historia natural de ese nuevo paisaje mexicano de creación personalísima y propia.

La historia natural según Walter Benjamin, el pensador alemán, da cuenta de cómo “las formas simbólicas a través de las cuales se estructura la vida pueden vaciarse de sentido, perder su vitalidad y descomponerse en una serie de significados enigmáticos, jeroglíficos que de alguna manera continúan dirigiéndose a nosotros —llegando a nuestra piel psíquica— aunque ya no poseamos la llave de su significado”. El punto en la definición bejamineana así como en la obra de Rulfo no sólo es identificar esos pedazos de cultura material donde han quedado las huellas de otras, sino crear una estructura donde el autor y el narrador, y junto con ellos el lector, queden expuestos al enigmático llamado que de ellos emanaba y emana. Estar expuesto, construir una obra expuesta y vivir una vida expuesta a todos esos llamados es lo que Eric Santner llamó la vida de la criatura. No sé si Rulfo consiguió vivir la “vida de la criatura” cada uno de los días de su vida, pero sí estoy segura que esa vida expuesta es una parte fundamental de su trabajo como artista visual y como escritor de textos experimentales de mediados del siglo XX.

Al producir un nuevo paisaje mexicano, tal como era su intención, Rulfo nos enseñó a ver verdaderamente nuestro entorno —tanto el externo como el interno— nos enseñó, como hace la poesía, a poner atención en lo visible y en lo inefable. Acaso sea por eso que no pocos consideran a Rulfo también como nuestro gran poeta del siglo XX.

 

Cristina Rivera Garza (Matamoros, Tamaulipas, 1964). Es narradora, poeta, historiadora y docente. Recibió el Premio Nacional de Cuento Juan Vicente Melo por su libro Ningún reloj cuenta esto (2001). Por su trayectoria obtuvo el Premio Internacional Anna Seghers (Berlín, 2005). Con La muerte me da el Premio Sor Juana Inés de la Cruz (2009) por segunda ocasión. Mantiene el blog www.cristinariveragarza.blogspot.mx y tuitéa en @criveragarza.

Texto publicado originalmente en Milenio (26/V/2009), es reproducido con permiso de la autora.

 

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  • 8 months ago
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San Juan Luvina (Macuiltianguis, Oaxaca), 2012.

Fotografía: Agustine Sacha
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San Juan Luvina (Macuiltianguis, Oaxaca), 2012.

Fotografía: Agustine Sacha

  • 8 months ago
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“Heroes” — David Bowie by Masayoshi Sukita.

La serie fotográfica de donde salió la portada de Heroes (1977), uno de los mejores discos de David Bowie. Ha anunciado próximo disco y hoy cumple años. Avantes.

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Ansel Adams, fotógrafo.
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Ansel Adams, fotógrafo.

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